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Una agenda comercial progresiva para el crecimiento inclusivo

9 enero 2018
ITC Noticias
Discurso pronunciado por la Directora Ejecutiva del ITC, Arancha González, en el Ministerio de Comercio Internacional de Ontario
22 de septiembre de 2017, Toronto (Canadá)

Buenas tardes. Es un placer estar aquí con todos ustedes.

Gracias por su calurosa bienvenida y muchas gracias al Ministerio de Comercio Internacional de Ontario por haber organizado esta charla de hoy sobre el comercio en el siglo XXI. Esta ciudad es un buen escenario para pensar en el comercio y en la globalización en el siglo XXI. En las últimas décadas, Toronto ha sabido integrarse muy bien en las redes mundiales de financiación, manufactura, tecnología, investigación y desarrollo, y cultura.

En los próximos minutos compartiré con ustedes algunas razones por las que creo que el Canadá está haciendo muchas cosas bien, y cómo influirá en las provincias y los territorios mientras siga así. Analizaré las razones por las que las pequeñas y medianas empresas son tan importantes para una agenda comercial progresiva, tanto aquí como en cualquier otro lugar. Por último, les explicará dónde encaja mi propia organización, el Centro de Comercio Internacional, en todo esto.

La mecánica del comercio en el siglo XXI: el auge de las cadenas de valor

Primero, la mecánica del comercio. La división del trabajo ha adquirido un carácter global o, cuando menos, parcialmente global. El desglose de la producción en tareas independientes supone un impulso para la eficiencia. Hace unos 250 años, en Escocia, Adam Smith observó los efectos de la especialización y la escala en la fabricación de alfileres. Se dio cuenta de que si un hombre se dedicaba a fabricar un simple alfiler de principio a fin —cortar y dar forma al alambre, fabricar y unir la cabeza— a duras penas fabricaría uno al día, por no hablar de veinte. Y también de que diez trabajadores, trabajando en lo que ahora denominamos método de líneas de montaje, podrían fabricar 48 000 alfileres al día.

Durante un siglo y medio tras el comienzo de la Revolución Industrial, fábricas y clústeres industriales reunieron materias primas, inversión, trabajadores y conocimientos especializados para fabricar productos. La elaboración de estos productos rebasaba en ocasiones las barreras arancelarias nacionales, como en el caso del Canadá bajo la política nacional de Sir John A. MacDonald. El comercio de productos terminados a través de las fronteras nacionales cada vez era mayor. La mayoría de las fábricas se encontraban en lugares como Europa Occidental, los Estados Unidos, el Canadá y posteriormente el Japón debido, en gran medida, a que en los años setenta estos países dominaban la economía mundial y eran mucho más ricos que el resto del mundo.

Durante los últimos treinta y pico años, los costes del transporte y las comunicaciones han caído en picado. Al mismo tiempo, los gobiernos de todo el mundo han rebajado los aranceles y han abierto sus mercados a la inversión extranjera. Se pueden comercializar mundialmente servicios completos y nuevos, desde la programación informática hasta la contabilidad.

Estos fenómenos en su conjunto permitieron a las empresas hacer dos cosas a escala. Uno: podían externalizar tareas independientes, como la producción o el montaje de componentes con filiales especializadas o empresas independientes. Dos: podían localizar cada etapa del proceso de fabricación allá donde los costos de producción fueran más ventajosos a escala mundial.

Despegó el comercio de productos intermedios. Ahora, aproximadamente la mitad del comercio mundial de bienes y servicios tiene lugar en el seno de las cadenas de valor. El teléfono que llevan en el bolsillo, sus coches, probablemente el sofá en el que se sientan mientras permanecen pegados a las pantallas de televisión —viendo Netflix— todos son productos procedentes de cadenas de valor plurinacionales asociadas a flujos transfronterizos de bienes, servicios, datos e inversiones. El comercio de tareas ha sustituido al comercio de productos terminados.

En los años veinte, el complejo de River Rouge de Henry Ford, situado en Michigan, fabricaba prácticamente todos los componentes del Modelo T. Unas décadas más tarde, gracias al Pacto del Automóvil firmado entre el Canadá y los Estados Unidos en 1965, los ontarianos fueron pioneros en las cadenas de suministro transfronterizas. Hoy, las fábricas no solo traspasan fronteras sino también océanos. En el modelo típico el capital, la I+D y otras actividades que requieren competencias especiales se sitúan en el norte, y el trabajo intensivo en mano de obra en los países más pobres. Pero los países en desarrollo más importantes están empezando a convertirse en importantes fuentes de inversión extranjera y de ideas vanguardistas.

El auge de las cadenas de valor internacionales tiene repercusiones en múltiples niveles.

Para los países en desarrollo que reciben el grueso de las tareas intensivas en mano de obra, de los que China es el más famoso, el proceso ha impulsado un rápido crecimiento, creación de empleo y reducción de la pobreza. El crecimiento experimentado en estos países, a su vez, ha enriquecido a los fabricantes de productos básicos del Brasil hasta Nigeria, pasando por Fort McMurray.

En cuanto a las empresas como tales, las cadenas de valor suponen una reducción de los impedimentos para acceder al comercio mundial. Ya no tienen que fabricar productos terminados brillantes y de prestigio. Ahora, las pequeñas y medianas empresas pueden fabricar piezas o realizar tareas de procesamiento para las multinacionales. Pueden prestar servicios a través de Internet a clientes de todo el mundo. Pero esto solo funciona si cumplen los requisitos de calidad de las empresas líderes.

Las cadenas de valor también han transformado la política comercial. Cuando el acceso a insumos y servicios importados es un determinante clave de la competitividad en materia de exportación, el proteccionismo deja de proteger. Pensemos en Magna: si hubiera terminado fabricando puertas y cadenas de tracción protegidas por los aranceles para el modesto mercado canadiense, casi seguro que no sería el fabricante de piezas líder mundial que es hoy. Ahora, los procedimientos fronterizos eficientes, que propicien la entrega a tiempo, han adquirido un gran peso en la competitividad comercial y por eso fue tan sonado el Acuerdo sobre Facilitación del Comercio de la OMC.

El comercio del siglo XXI no se libra de los problemas relacionados con los aranceles e incluso los aranceles reducidos aumentan con rapidez cuando los componentes cruzan las fronteras varias veces. Pero con unas cuantas honrosas excepciones, actualmente los aranceles son tan solo la punta del iceberg que dificulta el comercio. El cuerpo de dicho iceberg son las medidas no arancelarias, como las normas que afectan a los productos, los reglamentos, los requisitos para la expedición de licencias y las normas de origen. Algunas de ellas cumplen una función necesaria: salvaguardar la seguridad de los consumidores u otros objetivos políticos públicos. Sin embargo, pueden resultar absurdamente complejas y generar costes y retrasos innecesarios para las empresas interesadas en obtener el certificado requerido o para realizar otro trámite burocrático.

Las negociaciones comerciales modernas se centran en la cooperación reglamentaria en relación con las medidas no arancelarias. Conviene señalar que en este tipo de acuerdos hay que leer bien la letra pequeña: si cometes un error, puedes acabar aumentando las fricciones comerciales. Por ejemplo, en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) actual, uno de los asuntos que se debatieron fueron las famosas «normas de origen». Estas normas determinan si los productos pueden considerarse lo suficientemente norteamericanos como para beneficiarse del acceso libre de derechos a los mercados.

Pensemos qué podría suceder si acabaran siendo unas normas mucho más estrictas de lo que son ahora. Una empresa situada en México que ha estado importando algunos componentes de Asia Oriental podría comprobar que, de conformidad con las cláusulas del TLCAN, sus productos ya no cumplen los requisitos para ser exportados a los Estados Unidos y el Canadá. Tendría dos opciones. Podría enviar los productos al norte acatando las condiciones de la OMC —pagar un derecho de importación y, de algún modo, desmontar la esencia de toda la negociación sobre el TLCAN—, o pagar más para adquirir los mismos componentes de un proveedor del TLCAN, en el supuesto caso de que existiera alguna empresa que los fabricase. En ambos casos, es probable que subieran los precios, con el consiguiente perjuicio para el poder adquisitivo de los americanos y la debilitación de la competitividad mundial de la fábrica de Norteamérica.

La política del comercio del siglo XXI y los aciertos del Canadá

Todo esto se enmarca, como ustedes saben bien, en la extraña política del comercio del siglo XXI.

La apertura de la economía mundial ha propiciado la más rápida reducción de la pobreza mundial de la historia. Ha aumentado su poder adquisitivo y el mío. Pero, pese a que las encuestas de opinión sugieren que amplias mayorías de personas siguen considerando el comercio como algo positivo, algunas economías avanzadas han experimentado un innegable contraataque a la globalización económica, más concretamente en una que el Canadá conoce bien.

Este contraataque es, en buena parte, resultado del fracaso político de una generación, de unas políticas nacionales que no velaron por un reparto más generalizado de los beneficios obtenidos del comercio y el crecimiento; de unos líderes políticos que no admitieron que el comercio perjudicaría a algunos incluso si resultaba beneficioso para las sociedades en su conjunto. En lugar de utilizar las políticas tributarias, laborales y educativas para remediar estos efectos negativos, los gobiernos hicieron lo contrario demasiado a menudo. En lugar de compensar la exposición de los trabajadores poco cualificados a la inseguridad laboral y la volatilidad de los ingresos, la política, a menudo, la empeoraba. Resultado: en demasiados lugares, algunos grupos se han llevado la peor parte de los ajustes económicos, mientras que las mayores ganancias las han disfrutado unos pocos. Y como los extranjeros son mucho más tangibles que las mejoras silenciosas de las máquinas, el comercio se ha convertido en el chivo expiatorio del cambio tecnológico.

En el Canadá, el populismo anticomercial destaca en la actualidad por su relativa ausencia. Imagino que la política moderada canadiense habrá tenido mucho que ver con el hecho de que, en el Canadá, los políticos hayan hecho su trabajo. La política fiscal ha arremetido contra la creciente desigualdad existente en los salarios brutos. El investigador Miles Corak ha demostrado que, en este país, los hijos cuyos padres pertenecen al quintil inferior de ingresos tienen aproximadamente el doble de posibilidades que sus equivalentes americanos o británicos de ganar, como mínimo, unos ingresos de clase media.

Datos recientes del censo canadiense mostraban un incremento de más del 10 % en los ingresos medios reales entre 2005 y 2015. A un ritmo aproximado del 1 %, es una tasa inferior a lo que cabría esperar, pero sale muy bien parada si se compara con lugares donde los ingresos medios se han estancado o incluso han bajado.

El año pasado, cuando todavía era Ministra de Comercio, Chrystia Freeland habló en la London School of Economics sobre «el crecimiento comercial al modo progresista». Pese al título, durante su discurso apenas habló del comercio. Habló del poder adquisitivo de la clase media, luego de la política de inmigración y del multiculturalismo. Y finalmente se centró en los aspectos fundamentales de los acuerdos de comercio.

La agenda comercial progresiva y el ITC

El mensaje está claro: el programa comercial progresivo empieza desde dentro. En el Canadá, debido a la distribución federal-provincial de las responsabilidades, esto se traduce en provincias y territorios. Ottawa puede sentar las bases, proporcionar financiación y regular la igualdad salarial para un número relativamente modesto de trabajadores incluso en un tema tan crítico como la igualdad de género. Pero los que se encargan de las condiciones de los lugares de trabajo y de invertir en las políticas sociales necesarias para que las mujeres puedan desempeñar una función verdaderamente equitativa en la fuerza de trabajo son las provincias y los territorios. En este sentido, he de señalar que Ontario por sí sola es responsable de dotar a más de una tercera parte de los canadienses de la educación y las competencias necesarias para hacer frente a los cambios y progresar en la economía moderna.

Pero una agenda comercial progresiva no se queda en casa, claro que no. Se extiende a un apoyo activo al comercio multilateral. ¿Cómo vamos a responder a la integración económica mundial si no es estableciendo unas condiciones equitativas a escala mundial?

Una agenda comercial progresiva también subraya la importancia de unas normas comerciales inclusivas y de los procedimientos de elaboración de normas. Los negociadores del Canadá y de la Unión Europea que trabajaron en el Acuerdo Económico y Comercial Global se esforzaron por salvaguardar el derecho de los gobiernos a regular más explícitamente que otros acuerdos similares del pasado.

Una cosa es definir los límites del terreno de juego y otra muy distinta es asegurarse de que todo el mundo pueda jugar en él. Las empresas que exportan tienden a ser más productivas, crecer con mayor rapidez, pagar salarios más elevados y crear más puestos de trabajo que empresas similares que no lo hacen. Pero acceder a los mercados mundiales no es tarea fácil, especialmente para las pequeñas y medianas empresas que generan la mayor parte del empleo en el Canadá y en cualquier otro lugar. Y lo mismo se puede decir de las mujeres empresarias. Solo una de cada cinco empresas exportadoras es propiedad de mujeres.

De ahí que la agenda comercial progresiva tenga un marcado componente relacionado con la oferta. Por eso el Servicio de Delegados Comerciales del Canadá trabaja para ayudar a las empresas canadienses a conocer las oportunidades de los mercados exteriores y a forjar redes de ventas en el extranjero. Por eso Ontario lanzó su ambiciosa estrategia de globalización, brindando apoyo económico e institucional para ayudar a las pymes de la provincia a acceder a los mercados mundiales. De hecho, el Centro de Comercio e Inversiones de Ontario se creó en apoyo de ese preciso objetivo.

Y esto me lleva al ITC. Ustedes tal vez nos vean como el complemento internacional de la agenda relacionada con la oferta que acabo de describir. Como saben bien, hasta en Ontario, a las pymes les resulta más difícil conectar con las oportunidades de mercado internacionales que a sus competidores de mayor tamaño. En la mayor parte de los países en desarrollo, las diferencias en términos de competitividad entre las pequeñas y las grandes empresas son mucho más acusadas. Los obstáculos a los mercados internacionales —de la información, la financiación, las conexiones— pueden tener peores consecuencias. Y una baja productividad se traduce en unos salarios y unas condiciones de trabajo deficientes.

La labor del ITC consiste en conseguir que el comercio se convierta en una realidad para las pymes de los países en desarrollo ayudándoles para ello a ser más competitivas y a conectar con las oportunidades de los mercados internacionales. Trabajamos con los gobiernos en el plano político, con los organismos de promoción del comercio y la inversión —incluido Global Affairs Canada— y con las propias pymes.

El ITC ha encuestado a decenas de millares de empresas situadas en docenas de países con el fin de comprender con qué obstáculos prácticos se enfrentan las empresas sobre el terreno. Algunas de las conclusiones que hemos extraído son:

Uno, que las medidas no arancelarias (MNA) suponen una carga mayor para las pequeñas empresas que para las de mayor tamaño, algo que es especialmente palpable en las empresas propiedad de mujeres.

Dos, que para resolver los problemas de las empresas relacionados con las MNA no siempre es necesaria la cooperación de los socios comerciales: algunos de los peores obstáculos guardan relación con una burocracia innecesaria en el propio país.

Tres, que el comercio electrónico ayuda a las pymes a internacionalizarse. Una encuesta realizada recientemente por el ITC evidenciaba que, en cuanto a comercio electrónico, las empresas pertenecientes a mujeres superaban en número a las empresas pertenecientes a hombres en una ratio de 4 a 1, exactamente al revés que en el comercio fuera de la red.

Y cuatro y último, que «los problemas relativos a la transparencia de la información» figuran entre los mayores obstáculos a los que se enfrentan los comerciantes potenciales.

La facilitación de inteligencia comercial y de mercado siempre ha sido un aspecto esencial de la labor del ITC. Pero me gustaría hablarles de una herramienta nueva, denominada Centro de Asistencia Comercial para MIPYME, que creemos que será tan útil para un productor de gambas de Bangladesh interesado en exportar a Francia como para un vinatero de la región del Niágara que desee vender vino de hielo en Corea.

El servicio de asistencia, que se lanzará a finales de este año, se ha concebido como una sencilla ventanilla única en línea. Facilitará información a comerciantes potenciales sobre aranceles aplicables, impuestos sobre el valor añadido, normas de seguridad y salud pertinentes, organismos reguladores y tarifas. Les explicará paso a paso los procedimientos relacionados con el comercio, así como los requisitos en materia de documentación y trámites administrativos. Y como el cumplimiento de los requisitos de acceso al mercado no lo es todo, el servicio de asistencia albergará información sobre las próximas ferias comerciales y eventos entre empresas (B2B) relacionados.

El trabajo del ITC con el Canadá y las implicaciones para Ontario

Antes de concluir, también quería hablarles sobre lo que podría deparar el futuro del comercio no solo para el Canadá en general, sino para muchos de los que están hoy en esta sala.

El año pasado el ITC trabajó con Global Affairs Canada en un análisis comparativo del Servicio de Delegados Comerciales del Canadá (TCS) con organismos equiparables de otros lugares. El TCS obtuvo buenas puntuaciones en materia de liderazgo, procesos, servicios y medición de los resultados. Ahorra dinero haciendo un uso eficaz de las alianzas con las asociaciones empresariales sectoriales. Las empresas que utilizan el TCS exportan un 18 % más, a un 36 % más de mercados, que las que no.

En el lado negativo, el TCS goza de un reconocimiento internacional de la marca menor que el de otros importantes organismos de promoción del comercio como AusTrade y Trade and Investment del Reino Unido. Esto se debe en parte a que el TCS forma parte de un sistema grande y complejo que amplía su alcance pero debilita su capacidad para concentrar los recursos en sectores y mercados con un alto potencial.

Por último, me gustaría compartir con ustedes algunas conclusiones que resultan especialmente pertinentes para Ontario:

En primer lugar, impulsar la diversificación de las pymes en nuevos productos y mercados podría ayudar a la provincia a reducir su fuerte dependencia del comercio intraempresarial con los Estados Unidos de América. A más largo plazo, esto supondría una vinculación de los colegios y universidades de la provincia con un ecosistema de apoyo a las empresas, empezando por las incubadoras conectadas con servicios de financiación, redes y servicios de asesoramiento.

Por otra parte, las organizaciones de promoción del comercio subnacional cada vez son más ambiciosas y cada vez tienen más influencia a escala mundial, a medida que las ciudades y las regiones van adquiriendo mayor importancia como agentes económicos. La experiencia de este tipo de organismos sugiere que para una jurisdicción como Ontario, una actuación concertada con las instituciones federales potenciaría al máximo el rendimiento de las inversiones.

En tercer lugar, la gestión eficaz de semejante complejidad exige unas relaciones federales-provinciales consolidadas, una planificación compartida y una comunicación periódica. Nuestra experiencia nos dice que la inversión en el fomento de las conexiones entre los distintos niveles de organismos de promoción del comercio y la inversión se compensa con creces.

Por último, el éxito es mayor cuando los organismos sirven de nexo de unión confiable y respetado entre el gobierno y las empresas; cuando son unos promotores del país y las marcas subnacionales ágiles y centrados en el futuro. Ante todo, tienen que percibirse como unos organismos justos e imparciales y con unos objetivos claros que respaldan el crecimiento inclusivo.

Damas y caballeros, muchas gracias por su atención.

Muchas gracias.